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Les insolites de LPL

   Carta a los amigos y benefactores n° 65

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Mgr Fellay, Superior General de la FSSPX
Diciembre de 2003

 

Queridos amigos y benefactores,

a Iglesia acaba de celebrar el vigésimo quinto aniversario del pontificado del Papa Juan Pablo II, uno de los más largos de la historia. Asimismo, uno de los pontificados que han visto una de las mayores decadencias que la Iglesia haya padecido jamás. La Revolución Francesa, las dos guerras mundiales, el comunismo, le ocasionaron menos pérdidas que las reformas del Concilio Vaticano II. El mal interior causó una pérdida mayor de fe, una desertificación espiritual mayor, especialmente en Europa y América del Norte, que las provocadas por los enemigos exteriores. ¿Es legítimo pensar que el Concilio osó darle a la Iglesia una nueva misión, un nuevo destino: ser el “sacramento de la unidad del género humano”? Hasta entonces, su primer y único propósito había sido la salvación de las almas, arrancarlas de las garras del demonio y del pecado, conducirlas a Dios por la fe y la gracia que transmiten los sacramentos. La solicitud por la unidad del género humano es, simplemente, algo ajeno a sus preocupaciones. La Iglesia, esencialmente sobrenatural tanto en su fin como en sus medios, no tiene nada que ver con una visión terrena y puramente humanitaria. Es evidente que la Iglesia posee una unidad sobrenatural y que, de este modo, crea una unidad humana entre sus fieles, pero esto es puramente accesorio con respecto a su objetivo, se trata, simplemente, de una consecuencia de la unión en la fe y la caridad. La Iglesia, sin embargo, sabe apreciar en su justa medida el lazo de la paz, vinculum pacis.

Con el andar del tiempo se hace cada vez más evidente que el ecumenismo es una de las claves de la empresa conciliar y post-conciliar. La autoridades romanas no dejan, por otra parte, de recordárnoslo.
La mayor parte de las reformas fueron hechas en nombre del ecumenismo, los mayores “logros” asimismo. La reforma litúrgica, las nuevas relaciones con las religiones cristianas y no cristianas, la Biblia ecuménica, todo eso hizo entrar en los hábitos de los fieles una cierta cantidad de actitudes, una nueva visión que, en realidad, poco tienen que ver con la enseñanza de la Iglesia y su disciplina plurisecular.
Pero es necesario ir aún más lejos. El cardenal Kasper, presidente del Consejo Pontificio para la Promoción de la Unidad de los Cristianos, brindó, hace poco, una conferencia que arroja mucha luz sobre lo que es, realmente, el ecumenismo: una empresa de demolición a lo grande de todo lo que es específicamente católico en la Iglesia. Es evidente que nos equivocamos cuando consideramos al ecumenismo como un movimiento basado en el diálogo cuyo objetivo sería traer de vuelta a la Santa Iglesia las ovejas que se separaron de ella.
Una vez aceptado el axioma de acuerdo con el cual la Iglesia debe ser el fermento de la unidad del género humano, se pasa al examen de las causas de división y, súbitamente, queda claro que son, precisamente, los elementos específicamente católicos los que dividen a los cristianos y a los hombres. (¿Nuestro Señor no es un signo de contradicción, la piedra con la que se tropieza?) Kasper nos enseña que el ecumenismo no es ese movimiento que buscaría la conversión, el retorno de quienes perdieron el rumbo y abandonaron el único redil. Un concepto tal le es ajeno; en los hechos, el ecumenismo consiste en la realización de una unidad nueva, en la unión con esos extraviados que, de pronto, ya no lo son: “un camino común hacia la unidad en la diversidad reconciliada”. Con respecto a esa unidad, el cardenal dice que nadie sabe en qué consistirá, ya que “el Espíritu Santo es siempre capaz de dar una sorpresa”. Está claro que el responsable de la Promoción de la Unidad no sabe adonde va, pero sí sabe lo que hace: quiere sacarle a la Iglesia Católica todo aquello que la distingue de manera específica. ¡Y es mucho el trabajo por hacer!

¿La primera división no proviene de la profesión de fe? ¿De esas fórmulas que nuestra buena madre la Santa Iglesia supo y tuvo que acuñar para proteger la fe que salva y da la vida eterna, en contra de los falsarios y de los falsos profetas de un evangelio tan falso como nuevo? Prácticamente, todas las herejías fueron fijadas, inmovilizadas, con una fórmula concisa, inapelable, que manifiesta, de la manera lo más clara posible, el abismo que hay entre la verdad y el error, entre la fe y la herejía. Para Kasper que va más lejos que el cardenal Ratzinger —¿no escribió este último, de acuerdo con Urs von Baltasar, que lo que urgía era el desmantelamiento de los bastiones de la fe?— es preciso ir más allá de esas “desdichadas” fórmulas que dividen para de este modo volver a hallar la unidad de la que nos daríamos cuenta hoy de que, en realidad, nunca se perdió... una misma fe bajo credos diferentes... “la búsqueda de acuerdos diferenciados que transformen las contradicciones de antaño en asociaciones complementarias...” Con esta perspectiva, los dogmas son considerados como viejas fórmulas de carácter polémico.

La vida sacramental, los ministros eclesiásticos, el episcopado incluido y, finalmente, la piedra del escándalo mayor en contra de la unidad, la supremacía del Sumo Pontífice, obtienen, gracias a la operación kasperiana, soluciones que consisten, al fin de cuentas, en transformarlo todo en la Iglesia y en reducirlo todo al mínimo común denominador.
Kasper ignora si será necesario concederle al Papa futuro una jurisdicción o una infalibilidad, la cosa dependerá de las necesidades del momento... algo así como un papado de geometría variable. ¡Esa es la solución! Una solución impuesta gracias a la condicionalidad histórica del dogma al que que se distinguiría de su contenido permanente. Se trata de modernismo en estado puro.
El cardenal Kasper es la mano derecha del Papa en lo que este último califica como “la tarea más importante de su pontificado”. Incluso si el cardenal presenta la conferencia en cuestión como su visión personal, no queda lugar a dudas de que tal visión dirige, por un lado, su acción oficial y de que, por otro, no es el único que piensa de esa forma. La manera de presentar sus ideas es audaz, pero continúa situándose en la corriente general, en la “línea oficial”.

He aquí un ejemplo muy reciente: una nueva reunión interreligiosa tuvo lugar en Fátima a principios de octubre. Se trata de la continuación de Asís. Esta vez en el corazón de un santuario mariano. Allí se anunció la construcción de un gran templo pluri-religioso. Este proyecto se desarrolla con el auspicio del Vaticano y de... la Onu.
No dejamos de preguntarnos cómo un acuerdo sería posible en tales circunstancias. ¿Cómo podríamos dejar pasar en silencio tales aberraciones? Nosotros rechazamos cualquier acuerdo diferenciado, afirmamos la contradicción entre lo verdadero y lo falso y nuestra firme voluntad de no tener “nullam partem” en semejante empresa ya que, sencillamente, queremos seguir siendo católicos. Es con horror y repugnancia que nos alejamos de esa manera de considerar la Iglesia y de vivir en “comunión”. ¿Cómo puede pretenderse que la “Roma” modernista haya cambiado, que se haya vuelto favorable a la Tradición? ¡Cuántas ilusiones!

En nuestra lucha por conservar la identidad católica, hemos sido llamados por un grupo de sacerdotes ucranianos que nos han pedido ayuda. Desde hace ya algunos años, les brindamos nuestro sostén, particularmente mediante la erección de un seminario que permaneció durante mucho tiempo clandestino. Este año esa sana reacción salió a la luz. El cardenal Husar, su obispo, convocó al superior de la Fraternidad San Josafat para exigirle explicaciones y la toma de una posición clara: “con Monseñor Fellay o conmigo”. El superior al igual que el resto de los sacerdotes (una decena) y los fieles que les siguen (unos diez mil) están amenazados con la excomunión. Ello comporta, en un país en el que el comunismo no está muerto, vejaciones, penas y persecuciones en cuantía mayor. A todos ellos los confiamos a vuestras plegarias. En el mes de noviembre, en Varsovia, Monseñor Tissier de Mallerais ordenó el primer sacerdote proveniente de ese seminario.

En vísperas de la Fiesta de la Natividad de Nuestro Señor Jesucristo, renovemos todos juntos nuestra adoración y nuestra firme voluntad de servirlo y de seguirlo hasta el final. Imploremos, ardientemente, la gracia para poder llevar a cabo sus santos designios. Tened por muy segura la plegaria de todos nuestros seminaristas, numerosos este año ya que, en el conjunto de nuestros seminarios, sesenta nuevos jóvenes dieron comienzo a su año de espiritualidad. Que Nuestro Señor Jesucristo recompense vuestra generosidad tan fiel con gracias abundantes, y que nuestra Madre Celestial os proteja durante todo el nuevo año.

Este 8 de diciembre de 2003
En la Fiesta de la Inmaculada Concepción

† Bernard Fellay
Superior General

Traduction grâcieusement effectuée par Miguel F-A

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